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cultura: Falleció el escritor argentino Abelardo Castillo
02/05/2017 | 124 visitas
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El escritor Abelardo Castillo, autor de obras como “El que tiene sed” y “Crónica de un iniciado”, murió en las últimas horas a los 82 años en la ciudad de Buenos Aires, según informaron allegados al escritor. Narrador y dramaturgo argentino cuya obra narrativa se caracteriza por su prosa cortante y reveladora de la sordidez de la realidad, fundó “El Grillo de Papel”, que luego se llamó El Escarabajo de Oro, una de las revistas literarias de más larga vida (1959-1974) en la época. Realizó numerosas colaboraciones periodísticas y también se abocó a la dirección de talleres de creación literaria.
En 1961 obtuvo el premio Casa de las Américas por los cuentos de Las otras puertas, género que continuó con Cuentos crueles (1966), Los mundos reales (1972), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982), Las maquinarias de la noche (1992) y Cuentos completos (1998). La narrativa de Abelardo Castillo evolucionó de un realismo de signo existencial y comprometido social y políticamente en la línea de Sartre a una mayor estilización que lo acerca al expresionismo; sus argumentos colocan a menudo a los personajes en situaciones límite envueltas en un denso fatalismo.
Edgar Allan Poe y Jorge Luis Borges eran sus referentes.

Abelardo Castillo: “Si alguien realmente quiere conocer a un escritor, tiene que recurrir a su ficción”

Por Natalia Páez

Abelardo Castillo dice que si realmente se quiere conocer a un escritor hay que recurrir a su ficción, no a sus diarios. Lo dice parado, el entrecejo fruncido, cierto ademán de fumador aunque dejó el tabaco hace años, pero con un resabio de aquello en su voz oscura. Su cuerpo pareciera tener memoria del boxeador aficionado que fue, del nadador, del remero. Sin embargo, dice que no se cuida especialmente y que su momento del día sigue siendo la noche. Cuando nadie llama, cuando no hay interrupciones. Tiene 81 años y hace 62 que escribe.

La primera entrada de sus diarios escrita en febrero de 1954 -publicados por Alfaguara- es de cuando tenía 18 años. El tomo de casi 650 páginas bien puede ser leído como una novela de formación; una bildungsroman, como bautizaron ese género en el Romanticismo alemán. Es una historia de aprendizaje: la de un muchacho que quería escribir.

Hablar con Castillo de bueyes perdidos deviene casi con seguridad en una clase maestra de literatura. Puede relacionar con naturalidad una situación doméstica con el pasaje de algún libro de Poe, de Dostoievski, de Sartre. Porque se ha pasado una vida escribiendo pero otra leyendo. Ya en esas entradas tempranas de Diarios 1954-1991 hay citas a Tolstoi, Heidegger, Alfred Stern, Camus, André Gide, entre muchos otros. En sus salidas durante la “colimba” compraba -o robaba- unas ediciones baratas de clásicos. Cree que el librero damnificado se hacía el distraído porque le había tomado cariño. Dice que -tal como el personaje de uno de sus cuentos fantásticos “El decurión”- él vivió infancias paralelas. La de Buenos Aires, vecino de Plaza Irlanda. La de San Pedro, donde empezó a escribir. La de Ramos Mejía, donde se hizo lector. En los claustros del colegio Wilfrid Barón de los Santos Ángeles -el mismo al que fue el papa Francisco- donde entró como pupilo a los 10 años, fue donde formó el hábito de la lectura. En sus biografías se sigue consignando que nació en San Pedro, cuando en realidad nació en la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, es él quien elige ese lugar como el sitio donde todo empezó. Abelardo Castillo es también un gran narrador oral y -sin duda- uno de los últimos testigos y protagonistas de la gran literatura argentina del siglo XX.

Está casi listo para salir el segundo tomo de sus diarios, que comienza en 1992, cuando ya era un escritor consagrado, con su novela Crónica de un iniciado finalmente publicada luego de un largo proceso de escritura y muchos años en espera. Termina en 2006, con la temprana muerte de una de sus alumnas más brillantes, Paola Kaufmann (Premio Planeta, 2005). Una buena parte de su vida la dedica a dar su ya famoso taller, aunque él afirme que ningún taller enseña a escribir. Este segundo tomo promete ser más político y reflexivo. Fueron sus editores de Alfaguara pero sobre todo la escritora Sylvia Iparraguirre, su lectora de consulta y esposa por más de 40 años, quienes lo incitaron a publicar esos escritos que para él no tenían valor. Porque Abelardo insiste en que se conoce más a Edgar Allan Poe si se lee “La caída de la Casa Usher” que si se bucea en su vida ordinaria. En sintonía, acaba de publicar Del mundo que conocimos (Alfaguara): una antología personal que traza su mapa biográfico literario. Cada uno de los textos elegidos representa un momento en su vida, un hito. El lector puede encontrarlo en aquellas pistas que están en lo que no se dice, en la anécdota ausente. Como si toda su vida pudiera contarse en 15 cuentos.

-En el prólogo hay una suerte de credo: “Creo en la literatura como testimonio, como arte”.

-Sé que la literatura siempre da testimonio de algo. Del autor, de su mundo. Creo en la literatura como conocimiento. No hay más verbo que creer. Pero a veces el “creo” es una manera tímida o ladeada de eludir el “sé”, cuando me da pudor usarlo.

-La fe para todo escritor es la literatura.

-Dice que no todas las páginas cuentan con su “aprobación crítica”. ¿Se animó a publicar cuentos que no le gustan tanto?

-Sí, hay algunos que no son de los mejores pero sí son de mis preferidos. Están por lo que significan para mí. Y te digo más, hay por lo menos dos o tres que en una antología donde se juzgara mis textos por su valor literario deberían estar y sin embargo no están. Uno es “Noche para el negro Griffiths”. Otro es “Vivir es fácil, el pez está saltando”, y otro “Muchacha de otra parte”. Incluso son cuentos que me gustan más que los que están. Pero el gusto de un escritor tampoco tiene mucha importancia. Terminé eligiendo más bien por lo que significaban para mí en el momento en que los escribí. “Los ritos”, por ejemplo, significó la posibilidad de seguir escribiendo la novela Crónica de un iniciado. Si tiene un valor literario lo ignoro.

-¿Puede recrear el momento en que lo escribió?

-Lo escribí de dos sentadas un verano en los años 60. Yo estaba escribiendo un prólogo para la revista que dirigía, El Escarabajo de Oro, y anoté a un costado “lo que me hace falta es sol”. Más o menos así comienza el cuento. Estaba harto de escribir ideas y de estar encerrado en mi casa. Tenía ganas de irme a San Pedro. De eso surgió el cuento. No lo juzgo como literatura, sino como mi encuentro con un tipo de prosa que me permitió seguir escribiendo una novela que había empezado y que me daba mucho trabajo. Si alguien realmente quiere conocer a un escritor, tiene que recurrir a su ficción y no a sus diarios.

-¿Toda la literatura es autobiográfica?

-Thomas Wolfe sostenía eso con vehemencia. No importa el asunto que trate. Y yo lo creo de verdad. Los cuentos de Borges nos cuentan mucho más de él que esa especie de autobiografía que escribió en inglés. Hay más verdad en sus cuentos aunque sean fantásticos -y a veces sobre todo cuando son cuentos fantásticos- que en sus recuerdos personales. Uno nunca recuerda bien y a veces lo hace con deliberada mala memoria. Es la diferencia entre las memorias y el diario. El diario uno lo escribe para olvidar. Escribe sobre algo reciente que le está pesando mucho y que se quiere sacar de encima. Por eso en general son tan dramáticos. Hay textos de mi diario que yo no sé exactamente qué significan. Las memorias -salvo cierto tipo de confesiones como algunas de Tolstoi, Rousseau o san Agustín- suelen ser bastante novelescas y mentirosas. En cambio todo texto literario de alguna manera es un hito en un mapa autobiográfico. Los cuentos fantásticos de Poe son su autobiografía mental o espiritual. ¿Qué lo define más? ¿Que anduviera borracho en la calle y se cayera delante de la gente o ese texto que es “La caída de la Casa Usher”? Yo creo que lo define su obra.

-Lo que alguien ha leído también podría delinear un mapa.

-Y a veces hasta una autobiografía de hechos puntuales. Tengo por ahí un libro, una edición del Cancionero de Baena, que te puedo decir exactamente el día y la hora en que lo adquirí. Y digo “adquirí” porque no lo compré. Me lo robé. Nada más que para darle un susto a Sylvia que estaba saliendo conmigo en esa época. Es un libro te diría casi imposible de robar por su tamaño. El lomo nada más tiene 20 centímetros de ancho. Sylvia no sólo era muy chica, tendría 21 años en ese momento, sino que era muy formal y no podía creer que hubiera hecho eso. Y hay muchos de los libros míos que tienen historia.

-¿Se acuerda de la librería donde lo robó?

-Sí me acuerdo, pero no te lo voy a decir. ¿Vos querés que me metan preso? Es una librería de viejo de la Avenida de Mayo.

-Alguien se habrá robado también un libro suyo.

-En una feria del libro, cuando todavía no se hacía en La Rural, yo estaba en la editorial Galerna conversando con uno de los dueños que me había publicado El cruce del Aqueronte, año 1981, 1982. De pronto veo que un chico está robando un libro. No era un ladronzuelo, tenía cara de querer leer ese libro que se estaba llevando. Me acordé de mis años en los que no podía comprar libros. Entonces, para que no lo viera la persona que estaba conversando conmigo, me corrí para desacomodarle el ángulo de visión. Cuando lo vi irse al chico me di cuenta de que se había robado un libro mío. Fue la primera vez que me sentí escritor.

-¿Cómo lo encontramos a usted en el asesinato de “El candelabro de plata”?

-Es en algún sentido mi cuento más antiguo. Yo tenía 20 años, estaba en el servicio militar, iba caminando con mi novia que quería que fuera a pasar la Navidad en la casa de ella, estaba de franco. A mí siempre me gustó pasar las fiestas solo. Entonces le hice una broma, le dije que me iba a ir al café Dante -un café de Independencia y Boedo-, iba a agarrar al viejo más zaparrastroso que encontrara y me lo iba a llevar a pasar una Nochebuena como la gente a casa y luego lo iba a tirar por el balcón. Entonces pensé, “caramba, qué buen tema para un cuento”. Sentí que había dado con algo que era esencial en mí, algo que tenía que escribir. Y lo hice esa misma noche.

-En “Also sprach, el señor Núñez”, el protagonista es un oficinista. Usted tuvo un paso por ese mundo.

-Héctor Alterio hizo una lectura dramatizada del texto. Se ha montado como obra casi sin tocarlo y se hizo una película también. En la época en que lo escribí estaba trabajando en Iggam, en la planta de la cementera en Parque Patricios. Era 1957. Ya estaba empezando a escribir “El otro judas”. Puse ahí mi experiencia como oficinista.

-¿Cuál es el que más le gusta de esta selección?

-De acá hay dos o tres cuentos que sé que estarían muy bien en una antología. “La mujer de otro”, “El tiempo de Milena” y “La fornicación es un pájaro lúgubre”. Creo que son decorosos. Hay cuentos que están porque yo quiero que estén. No me interesa qué se piense de un cuento como “Crear una pequeña flor es un trabajo de un siglo”, ese cuento necesito que esté.

-¿Por qué?

-No sé.

-Sí sabe…

-Es muy importante para mí. Ese cuento tiene una primera parte que es autobiográfica. Tenía unos 34 años cuando lo escribí. Y estaba completamente borracho.

-Cuénteme de esa borrachera.

-La noche que estaba por escribir ese cuento me llama Egle Martin para invitarme a una reunión en su casa. Le digo: “Mirá Egle, no quiero ir porque estoy trabajando y después me voy a quedar hasta tardísimo y ya no voy a poder escribir”. Había decidido no beber. Y el hecho es que Egle -que tiene un poder de convicción casi inhumano- consiguió que yo fuera a la casa. Al principio no tomé y luego sí. Y tomé muchísimo, como tomaba en esa época. Cuando volví a casa no tenía ni la menor voluntad de sentarme a escribir. Deliberadamente me senté frente a la máquina, casi no veía las teclas. Todo el sueño que le hago contar al narrador está escrito casi sin saber lo que ponía. Pero no quiero que esto se transforme en una especie de pegajosa confesión personal porque eso sí que NO es la literatura. Poné el no en grande.

-Fue productivo, entonces.

-He hecho pavadas colosales borracho. Cuando volví a leer el texto no tenía el menor sentido. Estaba escrito con errores de tipeo, había palabras a la mitad. Pensé dejarlo tal como estaba, sólo para castigarme y recordar que ese texto se escribió en esas condiciones.

-Hay escritores que se han propuesto experiencias literarias desde el consumo de alguna droga o alcohol.

-¡Yo no le creo nada a eso! Es falso. No hay un solo escritor en el mundo que pueda escribir borracho. La literatura exige lucidez. Los escritores alcohólicos escribían sobrios. Malcolm Lowry no pudo haber escrito Bajo el volcán borracho. O Días sin huella de Charles Jackson, porque es evidente que el autor cuando escribió estaba sobrio. No se puede hacer ninguna cosa demasiado drogado, ni demasiado borracho.

-La muerte es uno de los temas que aparece en casi todos los cuentos desde sus 20 años. ¿Cómo la piensa hoy?

-Si lo miramos desde un punto de vista literario, podríamos hablar últimamente de una masacre. En mi diario -el que estoy escribiendo ahora, que no se va a publicar- tengo una anotación el día que murió García Márquez. Puse “no anoto más la muerte de nadie.” Se han muerto muchos amigos. Félix Grande el poeta, Carlos Fuentes, Laiseca, Ricardo [Piglia], China [Josefina] Ludmer? Antes Dalmiro Sáenz, David Viñas, Sabato? Arreció la muerte sobre la literatura argentina del siglo XX. Yo odio la muerte, la detesto. La vida es algo que sucede en un sentido. Todo lo que nace debería ser inmortal si aplicamos una lógica abrumadora.

-¿Por eso se hizo escritor?

No sé por qué soy escritor. Lo que sí sé es que me voy a morir pero también sé que mientras esté vivo soy inmortal.

¿POR QUÉ LO ENTREVISTAMOS?

Porque es uno de nuestros grandes escritores, que formó a más de una generación.

BIOGRAFÍA

Abelardo Castillo nació en la ciudad de Buenos Aires en 1935. Fundó y dirigió revistas emblemáticas de nuestra historia cultural: El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro, El Ornitorrinco. Escribió teatro, novela, ensayos, cuentos. Algunos títulos: Los mundos realesCuentos cruelesEl otro JudasLas palabras y los días.

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